Mientras Israel intensifica sus ataques contra objetivos estratégicos en Teherán, el régimen iraní descarta de plano la propuesta de paz de 15 puntos de la Casa Blanca. El despliegue de paracaidistas estadounidenses, las amenazas sobre rutas marítimas críticas y el dramático costo humano marcan una jornada donde la diplomacia parece correr detrás de los misiles.

En el día 26 del conflicto, la brecha entre la diplomacia y el campo de batalla parece más profunda que nunca. El presidente estadounidense, Donald Trump, puso sobre la mesa un plan de paz de 15 puntos que incluye alivio de sanciones y límites al programa nuclear iraní; sin embargo, la respuesta de Teherán fue un portazo contundente. A través de sus canales estatales, el régimen de los ayatolás aseguró que “pondrá fin a la guerra cuando decida hacerlo” y exigió condiciones que Washington difícilmente acepte, como el control total sobre el estrecho de Ormuz y reparaciones económicas por el conflicto.

Lejos de esperar un consenso, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ordenó acelerar la maquinaria bélica. Desde un búnker en Tel Aviv, instruyó a las Fuerzas de Defensa de Israel a golpear objetivos de alto valor en Irán en un plazo de 48 horas. La estrategia es clara: debilitar la infraestructura armamentística y nuclear de su enemigo antes de que cualquier eventual acuerdo diplomático limite su rango de acción. Para el gobierno israelí, la propuesta de la Casa Blanca es insuficiente para neutralizar la amenaza existencial que representa Irán.

Guerra EE.UU. - Israel - Irán 13032026

El frente militar se expandió con ataques directos de los Guardianes de la Revolución hacia Tel Aviv y diversas bases militares que albergan tropas estadounidenses en Kuwait, Jordania y Bahréin. Estos movimientos fueron acompañados por una advertencia letal: Irán evalúa abrir un nuevo frente en el estrecho de Bab al-Mandeb, un cuello de botella vital para el comercio petrolero mundial. Esta amenaza, coordinada indirectamente con las milicias hutíes de Yemen, pone en riesgo el suministro energético global y la seguridad marítima en el Mar Rojo.

La presión regional también se siente en Irak, que se convirtió en un peligroso tablero de ajedrez. Mientras los países del Golfo y Jordania exigen a Bagdad que frene de inmediato los ataques de las milicias proiraníes desde su suelo, el gobierno iraquí denunció que incursiones aéreas de EE. UU. dejaron 22 muertos en las últimas 24 horas. En este clima de fragmentación, Irak autorizó a sus fuerzas de seguridad a actuar en “defensa propia”, intentando equilibrar una coalición de gobierno interna que cruje ante la violencia externa.

Por su parte, el Pentágono reforzó su apuesta con el envío de 1.000 paracaidistas de la 82ª División Aerotransportada. A diferencia de los marines enviados previamente para tareas de apoyo y evacuación, estas unidades están preparadas para saltar en zonas de combate y asegurar aeródromos estratégicos. Este despliegue sugiere que Washington se prepara para un escenario de confrontación directa o de incursiones rápidas en los puntos más calientes de la región, mientras el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, clama por un freno a una guerra que “ha superado todos los límites”.

En el plano económico y humanitario, los contrastes son brutales. El barril de Brent cayó un 6% ante la ilusión de una tregua, y en Argentina los bonos soberanos subieron impulsados por esa misma esperanza. No obstante, la realidad en el terreno es otra: UNICEF reportó que más de 2.100 niños han muerto o resultado heridos, mientras que en Israel la población civil se vuelca masivamente a donar sangre para sostener el esfuerzo bélico. La crisis es total y, por ahora, las “sorpresas adicionales” prometidas por los bandos parecen más probables que cualquier firma en un papel de paz.

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