Colombia acaba de cerrar las urnas de una primera vuelta presidencial que, más allá de los números, nos deja una clase magistral de estrategia, encuadre y movilización. El boletín final de la Registraduría confirmó lo que los cuartos de guerra sospechaban, pero que la cautela pública callaba: la moneda sigue en el aire, pero el tablero estratégico se ha invertido por completo.

Con un 43,74% de los votos, el abogado (el Milei colombiano) Abelardo de la Espriella se coronó como el ganador de la jornada, seguido muy de cerca por el líder del Pacto Histórico, Iván Cepeda, quien consolidó un sólido 40,90%. Con una participación que rozó el 58%, el país político acudió a las urnas donde el centro se desvaneció (Sergio Fajardo obtuvo un marginal 4,26% y Claudia López apenas el 0,95%) y la derecha tradicional sufrió una absorción histórica bajo la candidatura de Paloma Valencia (6,92%), cuyos votantes terminaron migrando estratégicamente hacia la opción más polarizante.

¿Cómo se explican estos resultados desde la óptica de la comunicación de gobierno y de campaña? Esta es la ruta al 21 de junio.

1. El fenómeno De la Espriella: Del “voto castigo” al encuadre de la indignación

Las campañas no se ganan con propuestas; se ganan conectando con las emociones dominantes del electorado. De la Espriella logró capitalizar el desgaste natural del gobierno de Gustavo Petro, mutando un discurso tradicional de derecha hacia un marco mucho más potente: la narrativa de la “resistencia” frente a lo que él denomina el absolutismo.

Desde el punto de vista técnico, su campaña ejecutó con precisión un esquema de comunicación populista de derecha (fue disruptivo). No buscó el consenso ni intentó suavizar sus aristas para agradar al electorado moderado; al contrario, radicalizó su estética y su mensaje para generar una transferencia masiva de votos desde el uribismo clásico (Paloma Valencia) hacia su causa. Ayer quedó demostrado que, en entornos de alta calentura social, el elector prefiere el “original” disruptivo antes que la versión moderada.

2. Iván Cepeda y la resiliencia del relato oficialista

Que un gobierno con el desgaste propio de una agenda de reformas ambiciosas y controvertidas logre poner a su sucesor con casi el 41% de los votos en primera vuelta no es un dato menor. Iván Cepeda demostró ser un candidato con un control milimétrico del techo electoral de la izquierda en Colombia.

La estrategia de Cepeda apostó por la institucionalidad y la defensa del legado social. Su narrativa se estructuró bajo el concepto de “continuidad con cambio interno”, buscando proyectar una imagen de madurez y serenidad frente a la estridencia de su rival. Sin embargo, el “Pacto Histórico” se enfrentó a su propio espejo: la movilización de ayer fue masiva, pero la falta de crecimiento en los centros urbanos moderados y el voto en blanco (1,7%) encienden las alarmas para lo que viene. 

3. La muerte del centro y la paradoja del “voto útil”

La lección de comunicación política más brutal de la jornada de ayer la sufrieron Sergio Fajardo y Claudia López. El centro político en Colombia operó bajo una lógica de “voto útil inverso”, en lugar de presentarse como la alternativa sensata a los extremos, el electorado los percibió como espectadores pasivos de una batalla campal.

Cuando la narrativa de una elección se plantea en términos identitarios (“patria o tiranía” vs. “progreso o retroceso”), los matices programáticos pierden valor de cambio. El votante de centro no se esfumó; simplemente se vio forzado a elegir un bando o a quedarse en su casa.

La paradoja de la segunda vuelta: El ganador no será quien logre convencer a más ciudadanos de que tiene el mejor programa de gobierno, sino quien consiga activar de manera más efectiva el voto miedo hacia el rival.

La estrategia para la segunda vuelta: ¿Moderación o radicalización?

A partir de hoy, los cuartos de guerra entran en una fase crítica de rediseño estratégico. La distancia entre De la Espriella y Cepeda es de apenas 2,84 puntos porcentuales (unos 600.000 votos).

El dilema de De la Espriella: el éxito se basó en la confrontación directa. Si se modera demasiado para atraer al centro de Fajardo o López, corre el riesgo de desinflar el entusiasmo de su base más radical. Su apuesta debería ser mantener el encuadre del plebiscito contra el gobierno actual.

El dilema de Cepeda: su estrategia requiere urgentemente un puente hacia las clases medias urbanas que temen la polarización. El reto comunicativo es desmarcarse de los errores de gestión del presente gobierno sin traicionar las banderas del proyecto político.

La campaña de tres semanas que arranca hoy no será apta para cardíacos. En comunicación política decimos que la primera vuelta se vota con el corazón, pero la segunda se vota con el estómago. Ayer Colombia eligió que va a comer; el 21 de junio sabremos cuál de los dos sabores está dispuesto a digerir.

Ezequiel Vides Almonacid

@ezevides

Consultor en Comunicación Política