A pocas semanas de que los colombianos acudan a las urnas para definir la primera vuelta presidencial, los cuartos de guerra (war rooms) de las distintas campañas se enfrentan a una realidad matemática y psicológica ineludible: el electorado no está buscando programas de gobierno; está buscando resolver un conflicto emocional.
Para cualquier consultor político que analice los datos con frialdad y desprovisto de pasiones ideológicas, las elecciones presidenciales se reducen a una bifurcación binaria fundamental: Cambio versus Continuidad. El gran dilema del centro político en el país ha sido, precisamente, su incapacidad de encajar en ninguna de estas dos categorías. En la política moderna, la moderación técnica no moviliza; el miedo, la esperanza y el agravio sí.
Un error de los candidatos de corte tecnócrata es estructurar discursos basados en densos planes económicos o reformas institucionales. El voto es enteramente emocional, y luego el cerebro busca argumentos lógicos para justificar la decisión ya tomada.
Tras las elecciones legislativas de marzo, el mapa de poder en el Congreso quedó fragmentado, enviando una señal contundente: el próximo inquilino de la Casa de Nariño no gobernará solo y requerirá de una altísima capacidad de negociación. Sin embargo, en la contienda presidencial, los relatos se han vuelto marcadamente personalistas, canibalizando las identidades de los partidos tradicionales.
Tres claves estratégicas que definirán la Presidencia:
El cansancio del relato oficialista: El gobierno actual ha basado su narrativa en la transformación profunda, pero se topa con el desgaste natural del ejercicio del poder y las demandas insatisfechas en materia de seguridad y reactivación económica. Cuando el “cambio” se convierte en el status quo, la oposición capitaliza el descontento usando la misma bandera, pero con signo inverso.
La trampa del ‘Anti-Petrismo’ como única propuesta: Unir a una coalición bajo el único propósito de vencer a un liderazgo o proyecto político particular es una estrategia útil para pasar a segunda vuelta, pero insuficiente para ganar la confianza mayoritaria. El elector necesita saber hacia dónde va, no solo de qué está escapando.
La movilización del “No-Votante”: Históricamente, el verdadero partido mayoritario en Colombia es la abstención. La campaña que logre activar emocionalmente a los jóvenes y a las regiones periféricas que usualmente no votan —ya sea a través de la indignación en redes sociales o la esperanza de estabilidad— inclinará la balanza de manera irreversible.
Estamos ante un escenario donde la estructura tradicional de los partidos ha sido sustituida por maquinarias de comunicación digital y algoritmos de segmentación. Quien logre simplificar el mensaje, apoderarse de la conversación digital y generar una empatía genuina en el cuerpo a cuerpo con el ciudadano, se quedará con la presidencia. En este juego de ajedrez dinámico, los candidatos que insistan en debatir cifras en lugar de conectar con los miedos cotidianos del electorado, están diseñando, minuciosamente, su propia derrota.
Ezequiel Vides Almonacid
@ezevides
Consultor en Comunicación Política








