Tras el repudio por sus expresiones a la gran artista tucumana, Enzo Ferreira no fue apartado sino promovido como disertante en un curso partidario. La decisión expone más que una contradicción: deja a Lisando Catalán frente a una pregunta incómoda sobre los límites que está dispuesta —o no— a establecer. | Por Hernán Iramain
Hay episodios que una fuerza política puede intentar dejar atrás. Otros, en cambio, la persiguen. El caso de Enzo Ferreira parece ubicarse en este segundo grupo.
Después de haber quedado en el centro de una fuerte polémica por sus expresiones sobre Mercedes Sosa —a quien calificó en términos que incluso dentro de su propio espacio resultaron difíciles de defender—, el dirigente libertario reapareció en escena con un rol que, al menos en términos políticos, no es menor: disertante en un curso de formación de La Libertad Avanza en Tucumán.
La secuencia, por sí sola, incomoda.
Porque no se trata de un dirigente cualquiera ni de un exabrupto aislado en el fragor de una discusión. Se trata de un episodio que activó rechazos públicos, comunicados institucionales y una respuesta directa de la familia de la artista, que consideró insuficientes las disculpas posteriores. En otras palabras, no fue un comentario más en redes sociales: fue un hecho político con consecuencias.
Y sin embargo, lejos de traducirse en un corrimiento o en un replanteo interno, el episodio parece haber quedado encapsulado.
Ferreira no solo no se retiró de la escena pública, sino que fue incorporado a un espacio cuyo objetivo explícito es, precisamente, formar políticamente a otros.
Ahí es donde la situación deja de ser incómoda para volverse difícil de explicar.
¿Qué tipo de formación política puede ofrecer alguien que, días antes, había quedado expuesto por ese nivel de descalificación pública? ¿Qué criterio se aplica para seleccionar a quienes van a transmitir valores, discurso y método a una nueva camada de militantes?
Las respuestas, hasta ahora, no aparecen.
Pero sí aparece una figura inevitable en ese silencio: Lisandro Catalán. Como principal referente de La Libertad Avanza en Tucumán, su rol no es lateral. En estructuras políticas en construcción —como es el caso del espacio libertario en la provincia—, las decisiones no suelen ser azarosas. Y mucho menos cuando se trata de quiénes ocupan lugares de visibilidad.
Catalán, que en su discurso público suele reivindicar la idea de una política distinta, enfrenta acá una tensión concreta entre lo que se proclama y lo que se tolera. Porque si algo deja en evidencia este episodio es que, al menos en este caso, el umbral de exigencia interna parece haber sido notablemente bajo.
La incomodidad no radica solo en Ferreira. Radica en lo que su permanencia representa.
En política, sostener a alguien después de un episodio controvertido no es neutral. Es una decisión. Y como toda decisión, comunica. Comunica hacia adentro —sobre qué conductas son aceptables— y hacia afuera —sobre qué estándares se aplican realmente.
En ese marco, la pregunta que empieza a circular no es tanto qué dijo Ferreira —eso ya es conocido— sino por qué, después de lo que dijo, sigue ocupando un lugar desde el cual se pretende “formar” políticamente a otros.
La escena, vista en perspectiva, expone una contradicción difícil de disimular: un espacio que se presenta como disruptivo, pero que frente a un episodio sensible opta por cerrar filas antes que por fijar límites.
Tal vez por eso el problema ya no sea Ferreira en sí mismo, sino el marco que lo contiene.
Si la vara para enseñar política es esa, la discusión deja de ser individual y pasa a ser estructural.
Y ahí la pregunta ya no es incómoda solo para un dirigente.
Empieza a serlo para toda una conducción.








