Por Ezequiel Vides Almonacid – Asesor en Comunicación Política
La reciente liberación de 13 presos políticos en Venezuela no puede leerse como un gesto aislado de buena voluntad del régimen de Nicolás Maduro. Por el contrario, se inscribe dentro de una lógica conocida: ceder lo mínimo indispensable para ganar tiempo y oxígeno frente a la presión internacional.
La política exterior de Caracas funciona bajo una premisa constante: resistir en el poder. En este caso, la medida es una señal dirigida hacia Estados Unidos, que vuelve a tener un rol protagónico en la agenda hemisférica con la figura de Donald Trump en ascenso. Maduro entiende que, en un escenario donde su legitimidad interna es débil y su economía atraviesa un deterioro estructural, necesita mostrar gestos hacia afuera para evitar un mayor aislamiento.
Pero no se trata de democratización ni de una apertura genuina. Estos movimientos son tácticos: un mensaje a Washington para suavizar tensiones, sin modificar la esencia de un sistema político basado en el control absoluto.
El trasfondo es evidente: el chavismo concede lo necesario para sobrevivir, pero no lo suficiente como para transformar el sistema. Las liberaciones alivian la presión mediática y diplomática, pero no implican un cambio en la relación entre el gobierno y la oposición.
La gran incógnita es si esta jugada abrirá la puerta a una negociación real o si, como tantas veces, quedará en el registro de concesiones calculadas que buscan perpetuar a Maduro en el poder.