*Por Juan Pablo Durán

Cuando Javier Milei irrumpió en la escena política, lo hizo con una promesa que resonó como un grito de hartazgo en una Argentina agotada por décadas de desilusiones: “No son todos lo mismo”. Su discurso, cargado de furia contra la “casta” y con los kirchneristas como los villanos por excelencia, le permitió construir un contrato moral con los votantes.

 Ese pacto, basado en la transparencia y la lucha contra la corrupción, fue la piedra angular de su campaña y su llegada al poder. Sin embargo, a poco más de un año de su gestión, una seguidilla de escándalos ha dinamitado esa confianza.

 Desde las presuntas coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), el intento de imponer al cuestionado juez Ariel Lijo en la Corte Suprema, el turbio caso de la criptomoneda $LIBRA, el aberrante episodio de valijas con presunto dinero ingresadas ilegalmente por Ezeiza y la factura millonaria de la empresa de los Menem al Banco Nación, el gobierno de Milei ha dilapidado su mayor activo: su autoridad moral.

Lo que prometía ser un cambio radical se desmorona, dejando una duda dolorosa: ¿Y si este gobierno no solo no es distinto?, ¿Será qué, en muchos aspectos, podría ser incluso peor que otros?

El escándalo en la ANDIS es, sin duda, uno de los golpes más duros. Audios filtrados, como los reportados por medios nacionales, involucran a Diego Spagnuolo y salpican a figuras cercanas al poder, como Karina Milei y los hermanos Menem, en un presunto esquema de coimas. La ANDIS, un organismo que debería ser un faro de sensibilidad y compromiso con las personas con discapacidad, se ha convertido en el epicentro de acusaciones que indignan a cualquiera que alguna vez confió en la promesa de transparencia de Milei. Que estas sospechas recaigan sobre un área tan sensible no es solo grave; es una afrenta a los valores de una sociedad que ya no tolera más traiciones. La magnitud de este caso, que implica posibles desvíos de fondos destinados a los más vulnerables, pone en jaque la credibilidad de un gobierno que se jactaba de ser incorruptible.

A este escándalo se suma el intento de imponer a Ariel Lijo como juez de la Corte Suprema. Lijo, un magistrado con un historial plagado de cuestionamientos, acusado de encubrimiento y vínculos con la corrupción, fue propuesto por Milei mediante un decreto que desafió las normas institucionales.

El caso de la criptomoneda $LIBRA, que debería haber sido un emblema de la innovación económica que Milei tanto defendía, se convirtió en otro clavo en el ataúd de su credibilidad. Lo que podría haber sido un símbolo de modernidad se transformó en un escándalo que refuerza la percepción de un gobierno incapaz de cumplir con sus propias promesas de cambio.

Pero si algo ha indignado a la opinión pública es el aberrante episodio de las valijas con presunto dinero ingresadas ilegalmente por Ezeiza. Estas valijas estarían vinculadas a figuras cercanas al poder, evocando los peores recuerdos de la corrupción kirchnerista, como el caso de Antonini Wilson. Este hecho, que combina opacidad y un aparente desprecio por las normas, es una cachetada para quienes creyeron en un gobierno que prometía erradicar estas prácticas. La imagen de valijas entrando al país sin control efectivo no solo es escandalosa; es un símbolo de la hipocresía de un proyecto que se vendió como la antítesis de la corrupción.

Y como si esto fuera poco, el caso de la empresa vinculada a los hermanos Menem, que habría facturado sumas millonarias al Banco Nación en circunstancias poco claras, agrega otra capa de desilusión. Según denuncias publicadas en muchos medios de comunicación de alcance nacional, esta operación pone en evidencia un entramado de intereses que contradice el discurso de transparencia y lucha contra el clientelismo. Que los Menem, una dinastía política asociada a las peores prácticas del poder, estén en el centro de este escándalo es una ironía cruel para los votantes que confiaron en Milei como un líder disruptivo. Este caso no solo refuerza la percepción de que el gobierno protege a los suyos, sino que también sugiere una continuidad con las prácticas que Milei prometió desterrar.

 Los hechos hablan por sí solos: la ANDIS, Lijo, $LIBRA, las valijas en Ezeiza y la factura de los Menem al Banco Nación no son meros tropiezos; son una traición al contrato moral que Milei firmó con sus votantes. La autoridad moral, que alguna vez fue su mayor activo, se desvanece en un pantano de sospechas que lo asemeja peligrosamente a aquello que juró combatir.

El gobierno de Milei no solo ha fallado en ser “distinto”, sino que, en su afán por consolidar poder, parece haber abrazado las peores prácticas de la política tradicional. Los corruptos ya no son solo los kirchneristas; ahora, el espejo refleja una imagen que los votantes de Milei no querían ver. La desilusión es profunda, y en un país agotado por promesas rotas, este golpe a la confianza es una piña de la que será muy difícil levantarse. Milei llegó al poder con un mandato claro: limpiar la política. Pero hoy, su gobierno parece más cerca de ensuciarla, y eso es una tragedia para quienes creyeron en él.

*Consultor Político, Director periodístico de El Ojo del Poder